El olor del libro

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Hay almas fraternas que dicen que si no notan el olor del libro, no pueden leer bien, lo que es un parafraseo del original, que viene a ser algo como que les gusta el olor de los libros.

Me vais a perdonar la expresión: hay que joderse. Y me explico.

Si eres un yonqui supongo que te gustará oler las colas industriales utilizadas para pegar las páginas, así como el de la tinta con todos esos productos sintéticos que traen ahora.

Eso sin contar que tus manos se van a ver embadurnadas de restos de tinta y productos que no sabes dónde han estado. Quizás el papel haya sido recorrido por las ratas o por algo peor. Ese papel ha pasado seguro que por una rotativa con más mierda que el palo del un gallinero.

Pero sin embargo, a ti te gusta. Mucho. Lo dicho, debes ser un yonqui, porque si no no entiendo nada. Quizás se trate de un nuevo tipo de drogodependencia: el esnifado lector.

Otra de las cosas que se dice es el tacto de las hojas. Dicen que no hay mayor placer que el pasar la página del libro con la mano.

Me parece muy bien. Supongo que también te gustará el que se te pasen dos páginas a la vez, interrumpiendo el flujo de la lectura. O que están tan pegadas que tengas que soplarles o meter el borde la uña entre ellas.

Ciertamente se trata de un entretenimiento añadido al placer de la lectura. Eso sin contar ante el hecho de verte obligado a mojarte el dedo con saliva para pasarla, con lo que el comentario de la sección anterior sobre higiene cobra mayor relevancia.

A eso hay que añadir que yo alguna vez me he cortado con el filo de una página, sobre todo si es un tanto gruesa.

Todo ello, en fin, ayuda sobremanera al proceso de lectura, haciendo que te concentres totalmente en el libro.

Añadamos el peso del libro. Hay quien dice que le gusta sentirlo en las manos. Esa sensación de que se maneja algo físico, real.

Hay algo que no entiendo en todo esto. ¿Para qué existen los atriles si tanto te gusta sostener un libro en las manos? ¿Y las mesas?

Deberíamos añadir, por tanto, al placer de la lectura el hecho de que al menos se te cansen los brazos de tenerlos en alto, o incluso se te duerman y pierdas el sentido del tacto y notes esas rampitas tan agradables, y por supuesto que te duela la columna por estar varias horas sentado leyendo.

Ciertamente son todo placeres increíbles que acompañan al proceso lector sobre libro tradicional. Vamos, que yo pagaría, gustoso, por ello.

En fin.

Yo creo que se trata de otra cosa diferente. El efecto novedad o la calcificación cerebral que a partir de cierta edad (yo diría que en alguna gente desde el momento en el que abandona la pubertad) nos ocurre a los seres humanos.

Ya sabéis, de críos absorbiendo como una esponja, de adolescentes revolucionarios antisociales, y de mayores culos de plomo idénticos a los que querías reemplazar unos años antes.

Pues aquí pasa lo mismo.

Efectivamente, leer en formato electrónico es diferente a leer sobre papel. Igual que es diferente comer pollo agridulce que comer pollo asado en un horno.

¿Te gustan los dos? Pues eso.

Me explico.

Cuando un carcamal como yo, aunque no necesariamente se deben rondar los cincuenta para ello ya que he oído a gente de veinte quejarse de igual modo, coge por primera vez un libro electrónico se encuentra con algo diferente.

No me refiero a la mecánica del mismo. Me refiero a la sensación al leer. Es diferente. Totalmente diferente.

Yo diría que enormemente diferente. Por muchos motivos. Veamos algunos.

Ya no hay paso de página como tal. Es decir, ahora la cosa se reduce a presionar un botón o a tocar la pantalla con un dedo. Hay ventajas en esto si el aparato cumple con sus especificaciones (no siempre lo hace y, por tanto, es imprescindible conseguir algo de calidad) sobre el hecho físico del avance sobre papel, ventajas que he marcado como inconvenientes más arriba. Ya sabéis: nunca pasarás dos páginas de una vez, ni se quedarán pegadas, ni te cortarás los dedos y, si el aparato es bueno, la página se pasa sola en el tiempo que tardas a mover los ojos al principio de la pantalla. Tampoco correrás el riesgo de pillar algún tipo de enfermedad exótica que esté residente en la fibra del papel…

El contraste. Aquí es cierto que una página de buen papel tiene mucho más contraste que la pantalla de tinta electrónica incluso si está apoyada por una luz reflectante como en los modelos modernos.

Y esto no es una ventaja, ojo. Más bien un inconveniente. El primero es el propio insuficiente contraste, que personalmente lo sufro bastante. El segundo es la iluminación, tanto si viene del propio aparato como si viene de una lámpara externa.

Haciendo abstracción de las tonterías sobre el quemado de ojos gracias a la diferencia entre luz emitida y luz reflejada, como si los fotones fueran diferentes y tuvieran menos efectos nocivos salgan de una lámpara y reboten en la pantalla, salgan de un LED a pocos milímetros de la pantalla y reboten sobre ella, o se emitan directamente desde la misma, al final, los fotones inciden en tus ojos. En todos los casos. Y un fotón es un fotón. Sin masa, por lo tanto no creo que te vayan a poner un ojo morado.

Aparte, los lectores modernos eliminan el componente azul de la luz, por lo que, en teoría —de nuevo entramos en el segmento de las pajas mentales—, afectan menos al ciclo circadiano y evitan que te desveles al leer por la noche, cosa que no ocurre si lo haces con un libro físico y una lampara normal.

Personalmente, la única ventaja que le veo al tema es que sin componente azul, una vez que lo has probado, tu lectura nocturna es mucho más cómoda, sin contar que si no duermes solo, es mucho más conveniente también para tu pareja, que no tiene que sufrir la iluminación de una lámpara de noche o el excesivo brillo de una luz más azul sobre tu cara y la almohada. Punto.

Otra diferencia es el peso. Todos los libros que leas pesan igual. Bueno, técnicamente no, porque dependiendo del tamaño del libro, la cantidad de electrones almacenados es diferente, pero créeme, no lo vas a notar. Te lo garantizo.

A eso hay que añadir el hecho de que productos químicos y bacterias, una vez en tu casa, un aparato de esos va a tener las que tu quieras.

Tampoco ocurrirá que las páginas electrónicas de un libro hayan sido blanqueadas con cloro y las de otro estén impresas en papel de pulpa con un contraste incluso inferior al de una pantalla electroforética.

También sabrás si ha sido recorrido por ratas y cucarachas o no.

Como ves, diferencias hay muchas. Sigamos. Aceleremos que nos quedamos sin espacio.

Te compras un libro que tiene la letra diminuta y unos márgenes tan reducidos que el hecho de mantenerlo abierto supone que estás tapando parte del texto con los dedos.

El siguiente que coges tiene la letra de tal tamaño que puedes leerlo desde el otro lado de la habitación, y en los márgenes puedes demostrar el teorema de Fermat y todavía te sobra sitio para la Teoría M.

El nuevo de tu autor favorito pesa dos quilos. El siguiente, cincuenta gramos.

A medio libro éste se descuajaringa y tienes que leerlo a secciones.

Huele fatal, pero fatal de verdad.

Te quedas dormido o se te escurre de las manos (o el gato se ha puesto a jugar con él) y has perdido por dónde ibas.

Lo olvidas en el autobús o en casa de una visita. O lo que es peor: lo prestas y ya no te lo devuelven nunca jamás.

Tiene un montón de erratas y, si quieres la nueva edición, tendrás que ir a la librería a comprarla (o tendrás que pedirlo por internet).

Todo ventajas, oye.

Simplemente, como todo en esta vida, hay que acostumbrarse. Ya os he dicho que a mi me pasaba igual. La primera vez que te pones a leer en un aparato de esos el proceso te resulta raro, pero es que tampoco te acuerdas de lo raro que te resultaba sujetar tu primer libro con las manos.

Y las ventajas son muchas. Enumeremos algunas: puedes ajustar el tamaño del texto, la alineación, incluso puedes cambiar el tipo de fuente, así como variar el brillo, la forma de pasar páginas, puedes llevar doscientos mil libros en los cien gramos que pesa tu lector (recuerda esto cuando te vayas de vacaciones), etc..

Pero sí, a ti te gustan los libros de papel por muchas tonterías y por la vagancia de no tener que acostumbrarte a algo nuevo.

Así te va.

Tu mismo/a.

Ya para terminar he de decir que a mi también me gusta pasar las páginas, admirarme de la tipografía y su relieve sobre el papel, el tacto del papel, y también me gustan los grabados y, por supuesto, tener el libro abierto delante.

Lo que no me gusta es el olor, y quizás sea la única cosa que agradezca por tener el sentido del olfato bastante disminuido, ningún médico sabe por qué (sí, los sabores sí que los noto bastante bien).

Pero, y esto es lo importante, eso me gusta en libros antiguos o de referencia. Una novela, un libro cualquiera, he de decirlo, me gusta leerlo tumbado de cualquier forma en un sillón, sofá o cama, y no hay nada mejor para eso que un lector de libros electrónicos.

He dicho.